"La Guardiana Silvia Zenich, perteneciente al Relevo Mundial de Mujeres en Moto (WRWR), se atreve a un nuevo desafío"

Silvia Zencich es geóloga. Gran parte de su vida laboral la hizo en una petrolera pero un día se cansó del estereotipo, de la rutina y se lanzó a cumplir su mayor deseo.

Silvia Zencich decidió cambiar su vida a los 60 años. No fue la decisión y el acto de comprarse la moto con la que ya lleva miles de kilómetros recorridos el primer gran viraje que hizo sino uno más de los gritos de su alma a los que supo prestar atención.

“Yo tuve como tres cambios de vida radicales. Los últimos dos fueron que trabajé 20 años como geóloga en exploración de petróleo en YPF y los últimos cinco años de esa carrera los pasé casi como en una doble vida porque empezó una búsqueda de transformación personal. Entré en una escuela de terapia con ese objetivo, pero como ya era mi último tiempo como empleada mis compañeros me tomaban como una especie de terapista. Un día dije basta, renuncié a YPF, me fui a otra ciudad y abrí un centro de desarrollo personal y espiritual donde daba cursos y clases”. Así resumió Silvia Zencich algo de la línea de tiempo que la trajo hasta aquí. Aquí es el momento en el que decidió hacer caso de sus deseos más profundos.

Nació en Córdoba y durante 20 años vivió y trabajó en Neuquén. Tras renunciar a ese estado muy cercano al ideal (buen trabajo, buena paga y beneficios), cambió el norte de su historia. “Pasé de explorar la tierra en Neuquén a explorar el alma en Río Cuarto”, dice a TN.com.ar entre risas. Allí, cerca de su tierra natal, Silvia Zencich abrió un centro de desarrollo personal en el que dio cursos, talleres y terapias individuales, experiencia que disfrutó hasta el cansancio, literal, y entonces nuevamente hizo en su vida un F5, actualizó el momento y en 2016, tras casi 10 años como terapeuta decidió vender todo, le indicó a su hermano que invirtiera su dinero en propiedades y pensó en vivir de rentas. Antes hizo un viaje a la India y allí se instaló durante seis meses. “Quise visitar maestros vivos, estar y aprender de ellos”, contó. Cuando regresó a la ciudad de Córdoba para quedarse a vivir ya era tiempo de jubilarse. “Entonces pensé ‘bueno, ahora vivo de lo que me den mis propiedades’ y ya. Entonces fue cuando apareció la moto y la moto me secuestró”.

Silvia Zencich atendió el teléfono desde Córdoba, adonde recién había regresado tras participar del Women Riders World Relay Argentina 2019, una comunidad de alrededor de 15 mil mujeres en el mundo que explotan su pasión por las motos y que surgió a partir de la iniciativa de la británica Hayley Bell.

“Estoy cansada de ir a las tiendas y ver cuatro variaciones de chaquetas de cuero en tonos rosados, que parecen haber sido concebidas a la carrera simplemente para cumplir después de haber pasado meses creando trajes de hombre fantásticamente diseñados. No estoy predicando feminismo (…), quiero mostrarle a la industria de las dos ruedas la fuerza que existe en el mercado y que se pasa por alto tan ciegamente. Nosotras montamos en moto, competimos, exploramos y también viajamos”, contó la ciudadana del Reino Unido de 28 años.

Ellas se reunieron en una comunidad que da la vuelta al mundo mediante relevos o postas. Silvia participó en noviembre de la travesía que empezó el 27 de febrero en Escocia y recorrió casi toda Europa, Medio Oriente, Asia, Oceanía y América para finalizar tras su paso por África. Su experiencia la escribió en el siguiente texto.

La historia de Silvia Zencich, en primera persona

Estoy volviendo a casa después del relevo pero volviendo en cuenta gotas porque vivo en Córdoba pero cuando terminamos me fui a Buenos Aires a visitar amigos y ahora estoy cerca de Venado Tuerto, donde vine a visitar familiares, así que voy volviendo de a poco en mi moto.

Yo nunca había tenido interés en comprarme una moto. Si bien mi abuelo tuvo Harley e Indian y mi papá corrió carreras de moto cuando era joven, no me había despertado algo potente. En casa siempre hubo alguna motito y hasta mi hija tuvo una porque cuando cumplió 15 le regalamos una porque quiso eso en lugar de la fiesta pero ella casi no la usó y yo la agarraba como algo práctico pero yo era más adicta a los autos… Mi sueño era correr un Dakar, nada que ver con las motos.

La herencia de motores viene de mi papá y de mi hermano, que saben un montón de motores, que les encanta. Entonces cuando yo cumplí 60 años estaba esperando el retroactivo de la jubilación y durante mucho tiempo le dije a mi hermano, que es el que siempre tuvo moto, que quería ir al Cañón del Colorado, a hacer la Ruta 66. Él me decía que haríamos el viaje cuando yo quisiera y así pasaron como 15 o 20 años y nunca lo hicimos. Ahí fue cuando cambié de trabajo y de vida, me vine a vivir a Córdoba donde él vive y un día me llevó en su moto Custom a dar una vuelta y al regresar le volví a preguntar lo mismo sobre ir a la Ruta 66. Él me dijo: “Vamos a ir cuando vos aprendas a manejar porque yo no te voy a llevar atrás”. Lo miré y le dije: “Bueno, ¿qué moto me compro?”, y a los dos meses ya tenía la mía.

Me compré una moto de ruta, esas en las que vas sentada derechita, que tiene el manubrio alto, y vas como en un sillón.

Yo tuve como tres cambios de vida radicales. Los últimos dos cambios fueron que trabajé 20 años como geóloga en exploración de petróleo en YPF y los últimos cinco años de esa carrera los pasé casi como en una doble vida porque empezó una búsqueda de transformación personal que me llevó a entrar en una escuela de terapia con ese objetivo. Por eso los últimos años de trabajo eran prácticamente atender o asistir a mis compañeros como una especie de terapista hasta que un día dije “bueno, basta”, renuncié a YPF y me fui a otra ciudad, a Río Cuarto, adonde estaba mi mamá, que estaba enferma y yo la quería asistir, y abrí un centro de desarrollo personal y espiritual, y daba cursos y clases porque siempre fui medio maestra ciruela.

Me jubilé en Neuquén, donde yo trabajaba en petróleo explorando la tierra, y me fui a Río Cuarto a explorar el alma, algo así… las partes profundas del ser. Y daba cursos, talleres, terapias individuales. En el año 2016 me dieron ganas de irme de ahí. Ya no quise estar más ahí después de ocho o nueve años en los que tuve el centro abierto. Entonces vendí todo lo que tenía, le di el dinero a mi hermano, le pedí que me comprara propiedades en un mismo lugar y yo me fui a India durante seis meses a hacer un viaje espiritual, a visitar maestros vivos, a estar y aprender de ellos, y cuando volví de ese viaje ya para quedarme a vivir a la ciudad de Córdoba donde mi hermano me había comprado algunas propiedades, llegó el momento en que me jubilé. Entonces pensé “bueno, ahora vivo de rentas” porque quise seguir con lo del centro de desarrollo personal pero no se daba y yo pienso que si las cosas se ponen difíciles o complicadas y uno insiste, insiste, insiste, tal vez eso no es para vos. Entonces fue cuando apareció la moto y la moto me secuestró.

Soy una mujer que todo lo que hice en mi vida lo hice al cien por cien. No conozco hacer las cosas a medias tintas, me meto en algo y lo hago plenamente. Cumplí 60 años y me compré mi primera moto, que es una económica dentro del mercado porque yo le dije a mi hermano que me iba a comprar una con lo que me alcanzara con lo del retroactivo de mi jubilación. No quería gastar más que eso pese a que él me decía que si ponía un poco más iba a poder tener una Yamaha pero yo le dije que no, que me iba a comprar una moto buena y linda hasta donde me llegara ese dinero.

Había salido hacía poco la que tengo, que es una estilo enduro con la que podés hacer tierra y pavimento. Es muy bonita estéticamente, la marca es RVM, siglas de Roberto Víctor Martínez, que es el distribuidor de Jawa en Argentina y quien luego empezó a crear sus propias motos.

Primero me busqué una persona que me prestó una moto porque hasta ese momento yo no sabía manejar las que eran tan grandes. Las cosas fueron así: me compré la mía, al mes ya tenía mi licencia y a los cuatro meses me fui a hacer un viaje en solitario al Chaco para hacer actividades solidarias, como llevar comida y otros recursos necesarios a los montes.

Yo hasta entonces no sabía manejar en tierra, lo hacía en pavimento pero igual me fui hasta Chaco, hicimos la campaña y cuando terminó yo ya me había organizado para ir a conocer Cataratas del Iguazú. Cuando estaba allí pensé que ya que estaba me podía ir a Paraguay a visitar a unas amigas y de ahí pasé por Foz de Iguazú y al final di una vuelta de muchísimos kilómetros visitando amigos y viajando, algo que hice toda mi vida, pero ahora lo hago sola y en moto.

Cuando viajás en auto sabés que estás dentro de algo, nunca en contacto con la naturaleza o al menos de la misma manera que lo estás en la moto. Viajar en moto tiene esa cosa del riesgo que te hace estar mucho más presente aquí y ahora porque vos venís muy tranquila en una ruta pareja y de repente un auto se corrió de carril, se cruzó una vaca, saltó una piedra de un camión, hay un bache que no estaba previsto, una curva muy cerrada y entonces siempre tenés que volver a centrarte en la moto, volver a la velocidad, controlar tu posición: no te podés distraer y ahí se aplica mucho de lo que yo aprendí con todos los años de meditación. Meditar significa estar aquí y ahora, no se trata de no tener pensamientos, sino no engancharse con todo. Imaginate que si te enganchás con todos los peligros que puede haber en la ruta, no salís ni a la vereda.

Cuando ando por la ciudad llama la atención cuando me ven en la moto, que es muy llamativa, y después cuando me saco el casco me ven mujer y encima con mi melena blanca que sale, que vuela… Yo además me pinto los labios, me peino, me bajo en los cafés. ¡Yo no voy a salir toda despeinada! Perder la elegancia, nunca. Siempre le pongo a lo que haga un toque de distinción aunque esté haciendo enduro, aunque esté llena de tierra en el medio de la montaña, está esa cosa femenina presente. Eso se nota, gusta, la gente se acerca y pregunta, muchas mujeres me felicitan y me dicen que les encantaría hacer lo mismo y yo les digo que decidan lo que quieran hacer y lo hagan.

Mi vida siempre fue muy plena y lo sigue siendo pero estuve tan ocupado mirando otras cosas, haciendo otras cosas, que dejé de prestarle atención a la pareja. Ahora, hace un año, me pregunté que cómo me distraje tanto y no tengo pareja, me propuse conocer a alguien y estoy en eso. En mi caso, con mi moto, por parte de los hombres jamás vi un gesto, una palabra o un problema sino todo lo contrario: son muy amables, muy gentiles, muchos se sorprenden y otros no saben qué hacer frente a una mujer andando en moto. La miran como contemplándola de lejos pero no se acercan. Otro sí y quieren sacarse fotos, yo lo hago y me encanta. Muchos me conocen por las historias que publico en Facebook.

Para poder manejar mi moto y saber dominarla o reaccionar ante las distintas circunstancias yo hice cursos, clínicas de manejo y una vez al mes me voy a practicar lo que me enseñaron para no olvidármelo. Lo que yo practico, que es off road (fuera de ruta), que es andar en ripio, en montaña, se requiere de un estado físico particular, tener fuerza muscular y demás pese a que vos no hacés fuerza con la moto porque una vez que la moto arrancó y rueda, se sostiene sola. Lo que vos tenés que tener es técnica.

En la vida me voy dejando llevar, no planifico a largo plazo pero sí tengo objetivos. Para el año que viene quisiera cambiar mi moto actual por una un poco más grande, la misma marca, una RVM Tekken pero 500 cc en lugar de 250. Eso también va a ser un desafío por dos motivos: uno porque me va a permitir viajar más kilómetros más descansada, pero por otro lado es una moto un poco más grande, por lo que voy a tener que tener más técnica aún para hacer off road, que es lo que a mí me gusta y por lo que ya me llaman lady off road. Mi moto ya tiene 24 mil kilómetros en un año y medio, eso es mucho, la mayoría hecho en tierra y montaña.

¿La 66? No sé cuándo. Yo vivo en una zona de Córdoba en la que tengo todas las sierras a mano. Los circuitos de sierra son infinitos, hay millones de caminos para recorrer y también tengo programado poder hacer la Ruta 40 hasta Ushuaia que voy a ver si lo puedo hacer en breve. También tengo programado poder hacer la Ruta 40 hasta el norte, ir hasta el Salar de Uyuni, es decir que tengo muchos recorridos para hacer por acá antes de salir para Alaska que, si Dios quiere y puedo estar como quiero, capaz que en el 2022 arranco para allá y si eso ocurre la Ruta 66 y el Cañón del Colorado están en el camino.

Desde el momento en que me compré la moto y que me vieron sabían que era por pasión, todos estaban muy felices y me decían que tenía mucho coraje y mucho valor. Mi hermano me apoyó, es el que me enseño a andar en moto, es con el que comparto mucho de las cosas técnicas. No podemos andar mucho porque él tiene una Custom, que es una moto enorme y un día me preguntó cuándo iba a probar su moto y yo pensé “listo, ya estoy recibida”, porque si mi hermano me dijo eso es que ya estaba en condiciones muy altas y ese fue un día feliz para mí. Él es menor que yo pero aprendo mucho de él. Mi papá lloró y se emocionó, mi hija me apoya en todo, incondicionalmente, en todo lo que quiero hacer, y mi hermana fue la que por ahí estaba más preocupada al principio pero después se acostumbró y está muy orgullosa de mí. Mis amigas me dicen “la motoquera” y disfrutan de lo que hago.

Estoy siendo lo que quiero ser hoy. Mañana no tengo ni idea de lo que querré ser pero hoy tengo plenitud. Sea que lo que me está pasando, yo lo vivo plenamente y no reniego de nada. Siempre que hablo con alguien comparto mi experiencia: empiecen desde hoy a hacer lo que tengan ganas, aunque les parezca una pavada, háganlo. El placer que experimentarán no tiene precio.